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¿Cuántas mentiras creen que escuchamos en un día? Y, para hacernos pensar un poco más,
¿cuántas mentiras decimos nosotros mismos cada día?
Si el ser humano tuviera un medallero olímpico de hábitos, la mentira estaría en el podio
junto a procrastinar (“ahorita lo hago”, “ya merito voy”, etc.) y decir “solo voy a ver un
capítulo”.
Mentimos tanto, tan a menudo y tan naturalmente, que a veces ni nos damos cuenta. El
detalle es que, con el tiempo, esto se convierte en un hábito.
Ahora que traemos esa rola… “mentiraaaas” (léase cantando) y recordando aquella serie
que muchos ya vieron —esa que ejemplifica cómo las mentiras pueden incluso parecer
divertidas—, pensemos en cómo hay personas que pueden ir por la vida con una
personalidad construida a base de falsedad: un estilo de vida y una apariencia que engañan
y tardan años en mostrar la realidad, lo que comúnmente se llama “sacar el cobre”.
No hablamos solo de las grandes mentiras —esas que se escuchan a diario en los noticieros
por parte de políticos, las cifras maquilladas, el “aquí no pasa nada”, las infidelidades o
incluso la suplantación de identidades—, sino también de las pequeñas, esas “mentiras
blancas” que suenan tan inofensivas como un chiste rápido: “Ya voy en camino” (saliendo
apenas de casa), “no, no me molesta” (cuando sí y mucho), o el clásico “solo tomé un
poquito” (cuando fueron más de tres cubas).
¿Por qué lo hacemos? Tal vez porque mentir es más fácil que enfrentarse a un conflicto,
porque queremos quedar bien o porque tememos que la verdad suene demasiado…
verdadera.
También está la vertiente más egoísta: mentir para proteger nuestra imagen, salirnos con la
nuestra o conseguir algo que la honestidad no nos daría tan rápido.
Y, en ocasiones, mentir es un mecanismo de defensa: cuando la realidad se vuelve tan
angustiante que parece más sencillo evadirla.
El problema es que la mentira, como las palomitas en el cine, es adictiva. Empiezas con
una, te sabe bien, y cuando menos lo esperas… ya tienes un combo grande con refill. Y lo
peor: se normaliza. Nos acostumbramos tanto a exagerar o maquillar la realidad que
terminamos creyendo que, sin un par de retoques, la verdad está desnuda y es fea.
Pero la verdad —esa que a veces cuesta tanto sacar— tiene algo que la mentira jamás podrá
comprar: confianza. Y una vez que se pierde, recuperarla es más difícil que muchas otras
cosas en la vida.
Así que, la próxima vez que tengas la tentación de mentir, pregúntate: ¿esto que voy a decir
es una verdad con tacto… o una mentira bien maquillada? Porque, a veces, ser brutalmente
honesto no es brutal… es liberador.

No puedo dejar de mencionar lo dañino que es mentir frente a los niños y jóvenes. Es un
ejemplo que repetirán. “Contesta y di que no estoy” —“Papá, pero aquí estás”— “Tú di eso
y obedece”. Desde estas acciones les enseñamos a normalizar la falsedad, esa misma que
tanto nos molesta que ellos tengan en sus etapas de crecimiento.
Así que los dejo con esta frase que nos recuerda que los mentirosos han existido siempre, y
que, además de no ser uno de ellos, identificarlos y, mejor aún, alejarnos, puede ser lo más
inteligente.

“El castigo del embustero es no ser creído, aun cuando diga la verdad.” —Aristóteles

Marianela Villanueva P.

Gracias por tu lectura.

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