Muchas veces nos exigimos ser fuertes todo el tiempo, como si pedir ayuda o detenernos fuera un signo de debilidad.

Cargamos con emociones, responsabilidades y expectativas que, poco a poco, van pesando más de lo que imaginamos.

Aprender a soltar no es rendirse,

es darte permiso de dejar de sostener lo que te lastima. Es reconocer tus límites, escuchar lo que necesitas y comenzar a cuidarte desde un lugar más consciente y compasivo.

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